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NOMOS GBO · Capítulo 1

Que nos encontraran era solo el principio

La primera gran promesa de internet fue el acceso. Para encontrar una empresa, una persona, un producto o una información, ya no harían falta directorios impresos, intermediarios ni largas investigaciones. Bastaría con escribir unas palabras, elegir entre los enlaces y llegar a lo que buscábamos. Esta transformación no se limitó a facilitar el acceso a la información: convirtió la visibilidad en poder económico. Si una empresa no aparecía en los resultados de búsqueda, para muchas personas era como si no existiera, aunque tuviera presencia digital. No bastaba con un buen producto, un servicio fiable o un conocimiento profundo. La gente tenía que poder encontrarlos.

El SEO nació de esa necesidad.

Se trabajó en títulos, enlaces, estructuras de página, accesibilidad técnica y contenidos para que los buscadores pudieran descubrir las páginas, entenderlas y relacionarlas con consultas pertinentes. Las empresas se hacían una pregunta legítima: «Cuando nos busquen, ¿apareceremos?». La pregunta sigue siendo importante, pero ya no basta. La forma en que funciona internet ha cambiado. Antes, las personas elegían entre los enlaces que ofrecía un buscador. Hoy, un sistema de IA puede leer esos enlaces, resumir sus contenidos, comparar opciones y elaborar una recomendación en nombre del usuario.

Un agente con acceso a las herramientas adecuadas puede ir más allá de recomendar.

Puede pedir un presupuesto a una empresa. Comprar un producto. Reservar un hotel. Concertar una entrevista con un candidato. Preseleccionar un proveedor. Modificar un archivo. Enviar un mensaje. Iniciar un proceso de contratación.

En ese punto, la visibilidad se transforma en otra cosa. Ya no importa solo que una máquina nos encuentre, sino qué entenderá de nosotros después, en qué condiciones nos elegirá y qué acciones realizará en relación con nosotros. Ahí comienza este libro.

Cuatro hechos distintos

Que un sistema nos encuentre, nos entienda, nos elija y realice una transacción con nosotros no es un mismo hecho.

Son cuatro umbrales diferentes:

Posibilidad de ser encontrado Posibilidad de ser comprendido Idoneidad Posibilidad de actuar

El primer umbral consiste en saber si nuestra página o entidad puede ser descubierta. El segundo, si el sistema entiende correctamente quiénes somos y qué hacemos. El tercero, si realmente somos adecuados para la necesidad de una persona concreta. El cuarto, si una operación relacionada con nosotros puede ejecutarse de forma segura y autorizada, y si se conocen los límites para detenerla, revertirla o reparar sus consecuencias en caso de error. Los cuatro umbrales están conectados, pero no se sustituyen entre sí. Una empresa puede ocupar el primer puesto en un buscador y no ser adecuada para lo que necesita el usuario.

Un sistema de IA puede entender bien qué hace una empresa sin conocer sus precios, su capacidad disponible o los límites de sus servicios. Un servicio puede encajar con la necesidad del usuario y, aun así, el sistema no estar autorizado a pedir un presupuesto, efectuar un pago o compartir datos personales. Una operación puede ser técnicamente posible y no admitir una reversión si sale mal. Por eso, una gran visibilidad no garantiza un comportamiento correcto. Que un agente encuentre una entidad es solo el comienzo.

La garantía invisible de la era de las búsquedas: la persona

En el internet tradicional había una importante capa de seguridad. A menudo pasaba inadvertida porque no formaba parte del sistema técnico. Esa capa era la persona. Un usuario que veía varios enlaces entre los resultados no tenía por qué actuar de inmediato. Podía abrir las páginas, comparar empresas, leer opiniones, consultar a un amigo, llamar para informarse o no hacer nada si tenía dudas. La persona no era solo una mano que hacía clic.

También era una instancia de decisión capaz de:

  • detectar la incertidumbre,
  • contrastar contradicciones,
  • desconfiar de las promesas excesivas,
  • tener presente su presupuesto,
  • evaluar el riesgo,
  • aplazar una decisión
  • y formular nuevas preguntas.

Si una web anunciaba «soporte las 24 horas» y el contrato solo cubría el horario laboral entre semana, una persona podía advertirlo y pedir explicaciones. Las fotos de un hotel podían ser impresionantes, pero, si no había información sobre accesibilidad para personas con discapacidad, el usuario podía llamar antes de reservar. Si una empresa de software ofrecía «integraciones ilimitadas» sin explicar con qué sistemas trabajaba, el posible cliente podía cuestionarlo. Con su criterio cotidiano, las personas intentaban corregir las representaciones incompletas o exageradas de internet.

A medida que los sistemas basados en agentes asumen algunos pasos de esta cadena de decisiones, esa garantía invisible puede desaparecer. Un agente puede consultar las fuentes a las que tiene acceso y comparar muchas opciones. Su velocidad y alcance dependen del modelo, las herramientas, los datos y la tarea. Pero la velocidad no sustituye al criterio. Poder leer mil páginas no significa detectar qué información falta. Encontrar un precio no significa que incluya todos los gastos. Poder comprar un servicio mediante una API no significa que el usuario haya autorizado la compra.

Poder enviar un mensaje no significa que deba enviarlo.

Aquí aparece una de las preguntas decisivas del nuevo internet: cuando una parte de la decisión humana se delega en una máquina, ¿quién hará las comprobaciones que antes realizaba la persona casi sin darse cuenta?

El GBO busca una respuesta a esa pregunta.

La distancia entre ser encontrado y ser elegido

Imaginemos una empresa que quiere encargar un portal de clientes multilingüe.

Sus necesidades están bastante claras:

  • un portal en seis idiomas,
  • cuentas de usuario y un sistema de permisos,
  • alojamiento de datos en Europa,
  • integración con el CRM existente,
  • diseño accesible,
  • un presupuesto definido,
  • entrega en tres meses
  • y costes de licencias de terceros claramente indicados.

A un agente de IA se le encarga lo siguiente: «Busca un proveedor adecuado para este proyecto y prepara una solicitud de reunión». El agente busca. La primera empresa tiene una presencia muy fuerte en los resultados. Su página habla de «experiencias digitales de talla mundial», «plataformas de clientes escalables» e «integraciones ilimitadas». Las imágenes impresionan. Afirma que trabaja para numerosos sectores.

Pero faltan estos datos:

  • qué idiomas admite realmente,
  • en qué región se alojan los datos,
  • qué estándar de accesibilidad aplica,
  • si las integraciones están incluidas en el precio,
  • cuál es el alcance de la migración de datos,
  • cuál es el plazo de entrega
  • y cómo se cobra el mantenimiento.

La segunda empresa aparece más abajo en los resultados.

Sin embargo, su página explica con claridad:

  • los idiomas admitidos,
  • las opciones de autenticación,
  • los límites del alojamiento de datos,
  • las comprobaciones de accesibilidad,
  • los costes de terceros,
  • que la migración de datos constituye un alcance aparte,
  • qué integraciones se revisarán antes de presentar un presupuesto,
  • el periodo de soporte posterior a la entrega
  • y las condiciones en las que no aceptará el proyecto.

Desde la perspectiva del SEO tradicional, podría parecer que ha ganado la primera empresa. Desde la del GEO, la segunda puede quedar representada con más precisión y detalle.

Pero, si un agente va a decidir, surgen otras preguntas:

¿El presupuesto encaja con el alcance real? ¿La empresa tiene capacidad disponible ahora? ¿Se ha verificado técnicamente la integración con el CRM? ¿El usuario ha autorizado el envío de una solicitud de reunión? ¿Qué información de la empresa puede compartir el agente? ¿Pedir un presupuesto genera un compromiso vinculante? ¿Cómo se detendrá el proceso si se elige al proveedor equivocado?

Estas preguntas van más allá de la calidad del contenido. Son preguntas sobre el comportamiento. Importa que el agente entienda a la empresa correcta. Pero, para actuar bien, necesita algo más que una descripción: criterios de idoneidad, autorización y límites para la operación. Podemos llamar brecha de comportamiento del agente a la distancia entre encontrar y actuar. Esa brecha crece a medida que internet deja de ser solo un sistema que presenta información y pasa a ejecutar operaciones.

Cuatro formas de equivocarse

Un sistema de IA puede equivocarse sobre una persona, una empresa o un servicio de cuatro maneras fundamentales.

Primer error: no encontrar

El sistema nunca descubre la entidad pertinente. La empresa puede ser realmente adecuada, pero sus páginas no se pueden rastrear, su estructura técnica falla o su contenido no responde a la intención de búsqueda. Es un problema de visibilidad.

Segundo error: entender mal

El sistema encuentra la empresa, pero representa de forma incorrecta lo que hace. Puede utilizar precios antiguos, presentar un servicio secundario como su especialidad principal, leer información actual en un idioma y desfasada en otro, o creer que ofrece un servicio que no presta. Es un problema de representación.

Tercer error: elegir mal

El sistema puede entender correctamente a la empresa y elegirla aun cuando no sea adecuada para la necesidad del usuario. Tal vez no encajen el presupuesto, la ubicación, la capacidad, el riesgo, el plazo o las condiciones técnicas. La fuerza de una marca puede hacer que se omita la comprobación de idoneidad. Es un problema de idoneidad en el comportamiento.

Cuarto error: actuar sin autorización o sin seguridad

El sistema puede haber elegido a la empresa correcta. Sin embargo, envía un mensaje, comparte datos, hace una reserva, sube un archivo o inicia un pago sin el permiso expreso del usuario. Es un problema de autorización y acción. Los dos primeros errores aparecen al acceder a la información e interpretarla. Los dos últimos se manifiestan en la selección y la ejecución. La distinción indica en qué punto de la cadena se produce el fallo, no la gravedad de sus consecuencias: la información errónea también puede causar daño al influir en las decisiones humanas. Describir mal una empresa puede perjudicar su reputación. Pagar a la empresa equivocada provoca una pérdida de dinero. Una descripción incorrecta de un producto puede corregirse.

Pero elegir un medicamento, un producto financiero o un servicio jurídico inadecuados en nombre del usuario puede tener consecuencias más graves. Resumir mal los servicios de un directivo puede crear problemas. Enviar un mensaje sin permiso en su nombre afecta a las relaciones reales de la empresa. Por eso, en la era de los agentes, la optimización no puede limitarse a que las máquinas hablen con más precisión. Deben actuar de la manera adecuada y en las condiciones adecuadas.

El primer resultado no es necesariamente la primera opción

El orden de los resultados de búsqueda no equivale al orden de preferencia en una decisión. Una página puede estar bien posicionada para una consulta por su calidad técnica, la profundidad de sus contenidos, sus enlaces, la fuerza de la marca o su gran pertinencia. Pero la necesidad real del usuario puede ser mucho más compleja que las pocas palabras que escribe en el buscador. Alguien puede buscar «el mejor software de gestión de proyectos».

Lo que necesita en realidad depende de:

  • el tamaño del equipo,
  • los requisitos de seguridad,
  • el presupuesto,
  • los sistemas existentes,
  • las necesidades de migración de datos,
  • la duración del contrato,
  • la accesibilidad,
  • el idioma del soporte
  • y la normativa del sector.

Un resultado de búsqueda puede reflejar popularidad general. Elegir bien exige que la opción encaje en un caso concreto. Esta distinción importa aún más para los agentes, porque quizá no se limiten a mostrar el resultado al usuario: pueden utilizarlo para decidir. Una posición alta puede interpretarse, casi sin advertirlo, como señal de competencia o prueba de idoneidad. Pero la visibilidad no es capacidad. La popularidad no es idoneidad. Muchas menciones no equivalen a capacidad disponible en este momento. Una web bien diseñada no implica una operación segura. Un tráfico elevado no constituye consentimiento válido.

Por eso, el GBO parte de un principio: una señal de posicionamiento no es una autorización para actuar. Un sistema puede haber visto una marca muchas veces. Eso no la convierte en la elección correcta para todos los usuarios.

Parecer bueno ante una máquina o darle una base sólida para actuar

La optimización digital siempre ha tenido un lado oscuro. Cuando un sistema premia determinadas señales, las personas intentan reforzarlas. Algunas lo hacen dando más visibilidad a una calidad real. Otras solo imitan aquello que el sistema mide. Una página puede ser larga porque resulta útil. Otra puede alargarse sin necesidad porque alguien cree que la extensión mejora el posicionamiento. Una empresa puede aparecer de verdad en muchas fuentes independientes. Otra puede intentar simular esa presencia con perfiles falsos y redes artificiales de contenido.

Desde el GBO, el riesgo tiene otra dimensión: una señal engañosa también puede influir en una operación que ejecute el agente. Si el objetivo se define mal, las empresas pueden empezar a fabricar señales de comportamiento para que los agentes las elijan. Podrían crear registros falsos de idoneidad, afirmar que pueden asumir cualquier proyecto sin tener capacidad, publicar existencias ficticias o introducir instrucciones ocultas para influir en las decisiones del agente. Podrían generar reseñas engañosas, pruebas fabricadas o registros manipuladores destinados a las máquinas. Un agente que elige una marca una y otra vez puede parecer un éxito de marketing y, al mismo tiempo, comportarse mal desde la perspectiva del usuario.

Por tanto, el objetivo del GBO nunca puede ser: «Que el agente nos elija más».

El objetivo correcto es: «Que el agente nos elija solo cuando seamos realmente adecuados». Ese «solo» establece el límite ético del GBO. Que un sistema no nos elija cuando no encajamos no es un fracaso. Es una prueba de comportamiento correcto. Un sistema de GBO auténtico optimiza tanto la elección acertada como el rechazo justificado.

A veces, actuar bien significa no hacer nada

Si medimos el éxito de un producto tecnológico únicamente por las operaciones completadas, convertimos la acción en un éxito por sí misma. La tarea terminó, así que el sistema acertó. El mensaje se envió, así que el trabajo está hecho. La reserva se creó, así que el proceso concluyó. El archivo se modificó, así que el agente fue productivo. Pero, en la vida humana, el éxito no siempre consiste en actuar. Un médico puede actuar bien al no diagnosticar sin información suficiente. Un banco puede actuar bien al detener una transferencia sospechosa. Un empleado puede actuar bien al no compartir un documento para el que carece de autorización.

Un agente de compras puede actuar bien al preguntar ante una contradicción entre precio y alcance, en lugar de cerrar la operación. Por eso, el GBO no puede aceptar el número de acciones completadas como única medida del éxito.

Un comportamiento correcto puede consistir en:

  • elegir,
  • no elegir,
  • pedir más información,
  • reducir las opciones,
  • advertir al usuario,
  • solicitar aprobación humana,
  • detener una operación,
  • derivar el caso a otro especialista,
  • revertir una acción
  • o no hacer nada.

Si la tarea del agente se define como «producir un resultado a toda costa», puede empezar a ocultar la incertidumbre. Puede adivinar un precio que falta, dar por disponible una capacidad no confirmada, ampliar la intención del usuario, presumir una autorización o presentar la respuesta más cercana como si fuera la correcta. Un sistema fiable debe poder reconocer que algunas tareas no se pueden completar con la información y la autorización disponibles.

Uno de los principios importantes del GBO es este: una tarea incompleta pero segura vale más que una tarea terminada de forma incorrecta.

De la página web a la superficie de comportamiento

En el internet tradicional, una página de servicios servía sobre todo para informar a las personas y animarlas a contactar. En la era de los agentes, esa misma página puede asumir una responsabilidad mayor.

Una máquina puede hacer algo más que leer sus datos. Puede utilizarlos para:

  • evaluar la idoneidad,
  • comparar precios,
  • seleccionar proveedores,
  • clasificar riesgos,
  • solicitar presupuestos
  • y ejecutar flujos de trabajo automatizados.

Una página de servicios deja así de ser solo una superficie de marketing. Es una superficie de comportamiento. Si dice «servicio global», el agente intentará entender en qué países se presta realmente. Si dice «integraciones a medida incluidas», podría suponer qué sistemas abarca. Puede interpretar «soporte 24/7» como un compromiso de respuesta permanente ante incidentes. Si lee «precios desde 500 dólares», puede comparar en nombre del usuario sin conocer el alcance mínimo. Una persona puede reconocer esas expresiones imprecisas como lenguaje publicitario. Una máquina puede tratarlas como hechos susceptibles de estructurarse.

Por eso, las páginas de servicios del futuro no solo deben convencer.

También necesitan:

  • un alcance claro,
  • exclusiones visibles,
  • una lógica de precios coherente,
  • pruebas rastreables,
  • una fecha que indique la vigencia de la información,
  • coherencia con los registros legibles por máquina
  • y límites de autorización definidos.

Aquí se producirá una de las primeras transformaciones prácticas del GBO. La página web pasará de documento promocional a contrato de comportamiento.

¿Qué cambia un contrato de comportamiento?

Una empresa puede decir: «Desarrollamos software». Para una persona es una presentación general. Para un agente resulta insuficiente.

Para actuar correctamente, quizá necesite saber:

  • ¿Qué tipos de software?
  • ¿Para qué sectores?
  • ¿Con qué límites tecnológicos?
  • ¿En qué rango de presupuesto?
  • ¿Con qué modelo de entrega?
  • ¿En qué países?
  • ¿En qué idiomas?
  • ¿Con qué nivel de seguridad?
  • ¿Con qué alcance de mantenimiento?
  • ¿En qué condiciones no se acepta un proyecto?
  • ¿Qué información hace falta para pedir un presupuesto?
  • ¿Qué acciones requieren aprobación humana?

Estos datos no solo ayudan a que la empresa se explique mejor: también limitan el comportamiento del agente. Por ejemplo, si ofrece alojamiento anual con poca intervención solo a clientes existentes, pero vende las operaciones gestionadas como un paquete mensual aparte, la diferencia debe quedar clara. De lo contrario, el agente podría interpretar la tarifa anual de alojamiento como el precio del servicio totalmente gestionado. Si un servicio se presupuesta «bajo solicitud», no debe añadirse un precio fijo inventado a su registro legible por máquina. Si la empresa no garantiza resultados, el texto comercial no debe convertir una posibilidad de éxito en un desenlace seguro.

Si la empresa produce avatares de IA, debe explicar por separado las condiciones de consentimiento para utilizar el rostro y la voz. Si utiliza voz sintética, debe contar con permiso por escrito, un registro de procedencia y un mecanismo de retirada. Un contrato de comportamiento no solo responde a «¿Qué hacemos?».

También responde a:

¿Qué no hacemos? ¿En qué condiciones lo hacemos? ¿Quién puede autorizarlo? ¿Qué prueba hace falta? ¿Qué sucede si algo sale mal?

Si esas respuestas no son visibles, el agente puede completar los huecos con sus propias suposiciones. Reducir ese margen de conjetura es uno de los objetivos del GBO.

El nuevo significado de la autoridad digital

Durante mucho tiempo, la autoridad digital se evaluó mediante la visibilidad, el reconocimiento y los enlaces. Una marca muy buscada se consideraba fuerte. Si aparecía en muchas webs, parecía fiable. Si ocupaba los primeros puestos, se entendía que era importante en su ámbito. Esas señales siguen teniendo valor. Pero, en la era de los agentes, la autoridad adquirirá un significado más profundo. La verdadera autoridad digital no consiste solo en hacerse muy visible.

También exige:

  • una identidad coherente entre distintas fuentes,
  • capacidades claras y demostrables,
  • límites que no se oculten,
  • precios y alcances que no se contradigan,
  • los mismos hechos para máquinas y personas,
  • autorización explícita para actuar,
  • operaciones que puedan quedar registradas
  • y una vía de retorno si se produce un error.

Un sistema puede reconocernos sin confiar en nosotros. Puede confiar sin considerarnos adecuados para una tarea concreta. Puede vernos como una opción adecuada sin tener autorización para operar. Puede estar autorizado y, aun así, pedir aprobación humana porque no existe una vía de retorno. La nueva autoridad digital se apoya en todas estas etapas.

Por tanto, utilizaremos esta definición: la autoridad digital no consiste solo en que una entidad sea visible y creíble, sino también en que pueda evaluarse de forma segura en las condiciones adecuadas y en que las acciones relacionadas con ella puedan realizarse responsablemente. Esta definición separa autoridad y popularidad. Una entidad puede ser muy popular y no resultar segura para una operación. Otra menos conocida puede ser la mejor opción para una tarea porque explica con más claridad su alcance, sus pruebas y sus límites. El GBO prepara la base que permite al agente distinguirlas.

El SEO no ha terminado

Cuando aparece un concepto nuevo, a menudo se da por hecho que los anteriores han quedado obsoletos. Este libro no sostiene eso. El SEO no es innecesario. El GEO no elimina al SEO. Y el GBO tampoco sustituye al GEO.

Pensemos en un edificio:

El SEO hace visible la entrada. El GEO describe correctamente lo que hay dentro. El GBO define qué comportamientos son adecuados una vez que se entra.

Sin puerta, nadie puede entrar. Si el interior está mal descrito, no se puede decidir bien. Sin límites de comportamiento, incluso la información correcta puede conducir a una acción equivocada.

Por eso, los tres ámbitos están conectados:

SEO — Ser encontrado

¿Puede el sistema descubrir la página, el producto, la persona o la empresa pertinente?

GEO — Representación

¿Puede el sistema transmitir con precisión quién es esa entidad, qué hace y en qué pruebas se apoya?

GBO — Comportamiento

¿Puede el sistema actuar en relación con esa entidad de forma adecuada, autorizada y segura, en las condiciones correctas? ¿Están definidos los límites para detener, revertir y reparar?

Esta secuencia expresa la relación conceptual que utilizamos en el libro; no exige que todos los sistemas pasen por esas etapas en ese orden. La última tampoco resta importancia a las dos primeras. Al contrario: cuanto más graves sean las consecuencias de una acción, más importan la posibilidad de encontrar y la precisión de la representación. Una fuente mal localizada puede entenderse mal. Un servicio mal entendido puede elegirse por error. Y con el proveedor equivocado puede llegar a realizarse una operación real. Un pequeño fallo al principio de la cadena puede convertirse en una consecuencia importante al final.

No más acciones, sino mejores acciones

Al mundo empresarial le gustan los resultados medibles. Más visitas. Más clics. Más formularios. Más ventas.

En la era de los agentes se añadirán nuevas métricas:

  • ¿Cuántas veces recomendaron la marca los agentes?
  • ¿Cuántas veces la preseleccionaron?
  • ¿Cuántas veces pidieron un presupuesto?
  • ¿Cuántas veces realizaron una compra?
  • ¿Cuántas veces invocaron una herramienta o una API?

Estas métricas pueden ser útiles, pero aisladas son peligrosas. Un agente puede haber elegido una empresa cien veces. Si no era adecuada para la mitad de las tareas, esa alta tasa de selección indica un fracaso. Un agente de compras puede haber cerrado operaciones con rapidez. Si no obtuvo suficiente aprobación del usuario, su alta tasa de finalización es un problema de seguridad. Un agente de viajes puede haber hecho muchas reservas. Si ignoró las condiciones de cancelación, las necesidades de accesibilidad o el presupuesto, su productividad produjo un comportamiento incorrecto. Por eso, el GBO no puede construirse sobre una noción simple de Action Share, o cuota de acciones.

La pregunta central debería ser: ¿en cuántos de los casos en los que éramos realmente adecuados se nos eligió correctamente?

Y debe acompañarla otra: ¿en cuántos de los casos en los que no éramos adecuados se nos eligió por error?

Si sube la primera tasa y también la segunda, el sistema no está teniendo éxito. El objetivo principal del GBO no es aumentar el número de selecciones, sino mejorar la capacidad de distinguir las correctas de las incorrectas. Por eso, en capítulos posteriores utilizaremos el concepto de cuota de acciones cualificadas, Qualified Action Share. Una acción cualificada no es simplemente una acción terminada.

Debe reunir al mismo tiempo:

  • una correspondencia adecuada,
  • pruebas suficientes,
  • autorización válida,
  • ejecución segura,
  • una decisión explicable
  • y condiciones definidas para revertir y reparar las consecuencias.

Si falta uno de esos elementos, la acción no es cualificada, aunque se haya completado.

Que una máquina pueda hacerlo no significa que deba hacerlo

Los sistemas de agentes pueden conectarse a muchas herramientas. Pueden enviar correos, crear calendarios, modificar archivos, publicar código, acceder a cuentas e iniciar pedidos. Son capacidades impresionantes. El peligro empieza al confundir capacidad con autorización. Un agente puede ser técnicamente capaz de enviar un correo. Eso no significa que el usuario haya autorizado cada mensaje. Puede acceder a la cuenta de redes sociales de una empresa. Eso no le permite hablar en su nombre sobre cualquier asunto. Puede acceder a los datos de una tarjeta de crédito. Eso no lo autoriza a realizar un gasto concreto.

Un agente puede generar modelos de rostro y voz. Eso no le permite utilizar sin límites la réplica digital de una persona.

En el centro del GBO hay un principio breve: capacidad no es autorización. Lo que un sistema puede hacer y lo que se le permite hacer deben definirse por separado. Y la autorización tampoco es un permiso único e indivisible.

Un agente puede:

  • estar autorizado a investigar,
  • estar autorizado a preparar borradores,
  • no estar autorizado a enviar mensajes,
  • poder realizar operaciones hasta un importe determinado,
  • necesitar aprobación humana para importes superiores
  • y no poder decidir solo, bajo ninguna circunstancia, sobre operaciones irreversibles.

Estas distinciones forman parte del contrato de comportamiento. Una buena arquitectura de agentes no se limita a indicar qué debe hacer el agente cuando recibe una tarea.

También le indica:

Hasta dónde puede llegar, dónde debe detenerse y cuándo debe recurrir a una persona.

La persona forma parte del sistema

Que los agentes ganen independencia no significa que debamos retirar a las personas del sistema. La supervisión humana no es solo un botón de aprobación al final del proceso.

La persona:

  • define el propósito,
  • establece los límites,
  • expresa su tolerancia al riesgo,
  • decide qué autorización delega,
  • presenta objeciones,
  • detiene el proceso,
  • retira la autorización
  • y asume la responsabilidad por las consecuencias.

Un agente puede ejecutar los pasos técnicos correctos y haber entendido mal el propósito real de la persona. Una tarea puede interpretarse con demasiada amplitud. «Busca posibles clientes» puede significar investigar. También puede interpretarse como enviarles correos sin permiso. «Optimiza la web» puede significar corregir problemas de rendimiento. O puede ampliarse indebidamente hasta incluir cambios en los textos jurídicos o en los precios de la empresa. Por eso debe existir una relación explícita entre tarea y autorización. El agente puede tener buenas intenciones. Su resultado puede ser de calidad. Pero una buena gobernanza no puede descansar solo en las buenas intenciones.

El GBO no enfrenta a la persona con la máquina. Hace visible la relación entre ambas: quién decide qué, qué autorización se ha delegado y qué acciones pueden revertirse.

¿Por qué ser encontrado es solo el principio?

Porque ser encontrado solo abre una puerta.

Al otro lado siguen pendientes muchas preguntas:

¿El sistema nos identificó como la persona u organización correcta? ¿Entendió bien el servicio que ofrecemos? ¿Conoce nuestros precios y límites? ¿Encajamos de verdad con la necesidad del usuario? ¿Nuestras pruebas están actualizadas? ¿El agente está autorizado a contactar con nosotros? ¿Obtuvo permiso para la información que compartirá? ¿Podrá dar marcha atrás si falla la operación? ¿Una persona podrá impugnar la decisión?

El SEO hizo visible la primera puerta. En la segunda, el GEO mostró la importancia de una representación correcta.

El GBO se dirige a la tercera y a la cuarta: selección y acción. Este nuevo ámbito no busca promocionar las marcas de forma más agresiva. Busca que las decisiones y las acciones de las máquinas sean más acertadas, más seguras y más responsables. Para una empresa, significa que su conocimiento real pueda ser elegido cuando corresponda. Para un usuario, que sus preferencias y su autoridad para decidir queden protegidas. Para un agente, saber cuándo avanzar y cuándo detenerse. Para la sociedad, que las máquinas que actúan no solo sean potentes, sino que deban rendir cuentas.

La primera etapa de internet nos enseñó a encontrar información. La segunda permitió que las máquinas la interpretaran. Ahora comienza la tercera.

Su pregunta central ya no es solo: «¿Qué sabe la máquina?».

La verdadera pregunta es: «¿Qué hará con lo que sabe?».

Y enseguida llega una segunda: «¿Tiene autorización para hacerlo?». Ser encontrado era importante. Ser entendido correctamente pasó a importar aún más. Pero, en la era de la acción, la confianza real no dependerá solo de que la máquina diga lo correcto. También deberá hacer lo correcto y saber no hacer lo incorrecto. Que nos encontraran era solo el principio.